Cuando alguien saborea un chocolate de calidad, su regusto y aroma continúan en el paladar y el olfato hasta bastante tiempo después de haberlo degustado y olido. Algo similar es lo que siento un mes después de haber realizado mi viaje a Polonia con la parroquia Virgen de Nazaret. Nunca pensé que un viaje de talante religioso pudiera dar lugar a tantas experiencias: espirituales, desde luego, pero también culturales y, sobre todo, humanas pues las 31 personas de vivimos esta aventura acabamos siendo una especie de gran familia.... Y gran parte de “culpa” la tiene la perfecta organización con la que tanto el P. Fermín como Ruth Travel (gracias Mónica) dotaron a esta peregrinación. Todo funcionó como un engranaje perfecto, a pesar de la ola de la calor de nos torturó un poquitín durante un par de días... pero ya sería mucho pedir que tanto la parroquia como la agencia tuvieran control sobre lo “incontrolable”... Y si no que se lo pregunten a la tristemente célebre “Armada Invencible”.
Esperamos con avidez el disco con las fotos del viaje que tan gentilmente pondrá a nuestra disposición nuestro “P. Kodac”, el P. Fermín, para rememorar con nuestros sentidos lo que aún tenemos fresco en la memoria y en el corazón. Esas calles elegantes de Cracovia, una verdadera perla eslava, con su basílica de Santa María (¡qué bóveda tan espectacular!), su castillo, su universidad, su plaza del mercado... La amabilidad de sus gentes, tan extrovertidas que parecían casi latinos. El trompetista que marca cada hora con su melodía desde una de las torres de la basílica, sus coches de caballos, sus desfiles con personajes notables disfrazados a la usanza del s. XVI... Y, cómo no, nuestros paseos nocturnos, tras la cena, que servían para hacer nuevos amigos entre los miembros del grupo con un café, una cerveza o un helado en la mano... Singularmente divertida fue nuestra última cena en esta bella ciudad, amenizada por el folklore polaco y sus bailes típicos. Y ello de aburrido no tuvo nada porque bailar, bailar, bailamos todos: ni siquiera se libró nuestro P. Fermín que, para no tener mucha práctica en esto de los bailes de salón, la verdad es que no lo hizo nada mal (a pesar de su cara de susto).
También nos maravilló al día siguiente Zakopane, la ciudad de madera, con sus gentes vestidas con sus trajes tradicionales, bien andando, bien a lomos de sus caballos o sentadas en sus carros. Qué acogedora fue la iglesia en la que celebramos la Santa Misa, toda de madera, parecía de juguete, como sacada de un libro de cuentos. También tuvimos tiempo para pasear por el mercadillo y realizar algunas compras (todo a un precio bastante bueno): recuerdos para nuestros familiares y amigos, algún que otro queso, algún que otro tapete hecho a mano... y, como colofón, una espléndida comida típica en un buen restaurante. Fue un día redondo.
Pero no todo fueron risas durante el viaje. La visita a Auschwitz nos dejó a todos petrificados. El silencio y nuestras caras eran lo suficientemente elocuentes para adivinar lo que pasaba por nuestro interior: espanto y mucha pena. Hubiera sido más cómodo ignorar esta visita, pero había que hacerla para aprender de la historia y rendir nuestro homenaje particular desde el mayor de los respetos a las víctimas de la “shoá”, del holocausto. El aroma a muerte aún persistía en los pabellones 60 años después de lo que allí aconteció para vergüenza de nuestra especie. Muchos labios de visitantes (aquí no hay espacio para “turistas”) musitaban su oración silenciosa por aquellas almas, pero también por nosotros y por nuestros hijos y nietos para que esta historia de llanto, dolor y muerte no se repita ni la viva nadie nunca jamás. La tarde ya tuvo otro tono más lúdico: la visita a la mina de sal de Wielizca, a unos 140 m bajo tierra. Impresionante, especialmente su basílica subterránea construida por los mismos obreros que trabajaron en ella.
Como nuestro viaje también tenía una dimensión espiritual, llegamos a Wadowize, ciudad natal de Juan Pablo II, y Chestokova. En ambos lugares había juventud abundante. En la iglesia donde fue bautizado nuestro querido Karol Wojtila celebramos la Santa Misa, compartiendo la iglesia con un nutrido grupo de chavales barceloneses procedentes de la parroquia de Santa Teresita del Niño Jesús que, capitaneados por su párroco y vicario, estaban haciendo a pié la ruta que iba desde Chestokova a Cracovia. Visitamos la casa de Juan Pablo II y compramos los pertinentes rosarios, sin olvidarnos de sacar una foto del grupo a los pies de su estatua. En Chestokova nos topamos con cientos de jóvenes que, procedentes de todas las diócesis de Polonia, estaban celebrando un encuentro bajo el “manto” de su querida Virgen negra. Daban una singular alegría con sus camisolas azules y amarillas, y sus risas y cantos. Impresionaba su manera de rezar y celebrar la Misa. Afortunadamente no toda la juventud es como la que se nos muestra y propone en la TV y sus culebrones. Nos reímos de lo lindo con las explicaciones de la hermana Teresita, religiosa polaca que nos enseñó el santuario. Nos cayó a todos divinamente. Y, para terminar, la guinda: ¡Varsovia!, una ciudad totalmente arrasada durante la 2ª guerra mundial y reconstruida totalmente desde sus cenizas cual ave Fénix, que en este año dedicado a Chopin (su museo interactivo es, simplemente, ¡genial! y de los más avanzados del mundo en su género) muestra su rostro más romántico. Visitamos su palacio real, recorrimos su centro histórico, la catedral, la plaza del mercado, el palacio sobre el Agua, el parque y museo de Chopin,… y volvimos a degustar lo mejor de la cocina polaca en restaurantes de tan selectos como el “Secret” o “La Boheme”.
En definitiva, un viaje de ensueño que ha dejado una profunda huella en el álbum de nuestros mejores recuerdos y cuya crónica resumida no quisiera cerrar sin dirigir unas palabras de agradecimiento a nuestra querida Kasia, nuestra guía, que manifestó en todo momento un alto nivel profesional. Sabe mucho, mucho pero, lo mejor, es su manera de transmitirlo: siempre con simpatía y mucho cariño.
¿Y el próximo verano?... ¡a Croacia! (es lo que nos ha propuesto nuestro párroco para poder visitar Medjugorje). ¿Y con quién?... con Ruth Travel, ¡por supuesto!. Viajar con Mónica, su directora, es toda una garantía de éxito.
Maribel Sastre
