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Un grupo de Catalanes, llamados amigos de la Cuenca, iniciamos una larga aventura, como "Sinatra" contemporáneos, al descubrimiento del nuevo mundo, de la tierra de las oportunidades, de la luz que no se acaba, del día y la noche continuados, de las grandes alturas, del Jazz y del Blues, del triunfo o la desesperación. Buscábamos aquel escalofrío, aquel tiembla que vuelve las emociones inolvidables. Las sonrisas que aún mantenemos en nuestros labios dan fe de que lo conseguimos.

Todo empezó el día 13 de marzo, al medio día. Cuando el sol aún no está definido, las sombras del este y el oeste se confunden. 13 "amigos de la cuenca" iniciamos un viaje a la costa Oeste del extremo Norte del continente americano. Pero pasando por el Este. Con una indefinición marcada por la situación del sol, pero con el objetivo claro. Las horas de viaje se hacen del todo soportables, los cambios de aeropuertos, aviones, sistemas de seguridad, escáneres, ..., todo forma parte de la envoltura que nos llevará a destino. Sólo la incertidumbre del tiempo, de una primavera excesivamente caprichosa nos genera una cierta inquietud. Finalmente llegamos a San Francisco. Adivina que es negro noche porque todo es oscuro. Pero nuestros cuerpos no saben si es 13 o 14, si son las 10 o las 6 de la mañana.

Al día siguiente todo se aclara y iniciamos la primera descubierta, acompañados de un tiempo empeñado en despistarnos aún más: Sol, lluvia, frío, calor, ... Todo se va sucediendo sin dejarnos entender muy bien dónde estamos. Y así empezamos la inmersión en esta ciudad llena de subidas (o bajadas, depende de cómo lo mires), símbolo de la paz, de la libertad (o libertinaje para algunos), del amor libre e incluso indeterminado . Entre descargas, tranvías y barrios (financieros, chinos, latinos, hippies, homosexuales, victorianos, ...) descubrimos el arco iris que nos indica que estamos en el Castro, barrio de atracción masculina por excelencia, paseamos entre la estética Hippie, intuimos las aguas gélidas en las que los lobos marinos juguetegen, nos impresionamos con la primera vista del "Golden Gate Bridge". Este nos recibe con una especie de "escondite" con la niebla que le da una espectacularidad diferente, amplificando su majestuosidad. Siguiendo las corrientes marinas que salva el puente descubrimos Alcatraz, isla tristemente famosa como centro de reclusión, y fuente de inspiración de novelas y películas. Al día siguiente decidimos cambiar la majestuosidad urbana para la natural. Las secuoyas de Muir Woods nos intentan decir que si el hombre es capaz de hacer grandes cosas, la naturaleza también. Y el agua, responsable de esta inmensidad natural decide acompañarnos alegremente. Y tanto que lo hace. Hasta convertirse Sausalito en isla desierta (cuando su atractivo es la gente). Allí entramos en contacto directo con el agua del pacífico. El agua ya no nos abandona. Y así el tranvía, las subidas y bajadas, las casas victorianas y los parques en saludan entre escondidos, entre paraguas y cortinas de lluvia, ofreciéndonos un verde intenso que se insinúa escandaloso en contacto con el sol.

Cuando empezamos a saborear las excelencias de la ciudad, iniciamos de nuevo viaje, empezando la ruta hacia el Este, a la inversa de lo que hicieron los grandes descubridores. Y lo hacemos con una escala previa que nos demuestra que estamos con un continente diferente: Las Vegas. Centro de lujo y lujuria, de juego, de placer, de espectáculo. Todo es diseñado en grande, todo para hacer jugar la gente. El entretenimiento como negocio (para algunos causante de la ruina). Todos quedamos boquiabiertos de su espectacularidad: luz, gente, hoteles inmensos, Venecia, Roma y París en los hoteles, máquinas, sonidos, ... Cuando nos rehacemos de tanto dispendio y tocamos la pared descubrimos el secreto: todo se cartón piedra. Y por eso, porque somos de donde estamos y somos como somos, sabemos disfrutar del espacio, del espectáculo, sin engañarnos de la rueda viciosa de la dejadez decadente. Nos quedamos con el recuerdo de algo que hay que ver, pero no se debe vivir.

Entre medio de tanto luz de neón y espectáculo, nos aventuramos a un nuevo descubrimiento. Una pequeña avioneta, que parece ser el juguete de las corrientes del aire, nos lleva a una de las más espectaculares maravillas naturales del planeta: El Gran Cañón. El espectáculo visual desde el aire y desde tierra no nos decepciona. Nos deja con ganas de volver, de alquilar una barca, correr por los rápidos y reposar en alguna página, de imaginar canciones apaches, ritos navajos, ...

   

Y por fin, el quinto día, el 18 de marzo, iniciamos el camino a la gran ciudad: New York. La ciudad la define el Frank (Sinatra) como catarata de luz. Y tanto que lo es. A nosotros nos recibe de día Es viernes y los newyorquins escapan de la ciudad. Esto hace que los atascos del tráfico estén en sentido inverso al nuestro, facilitándonos la llegada al centro de la ciudad, a Manhatan. La primera toma de contacto es dura: Nuevo horario (3 horas de diferencia con Las Vegas), nueva ciudad. Los barrios previos al centro nos muestran las grandes variedades que la componen, y insinúan una estructura urbana vieja, que requiere de un cambio que el bullicio trepidante del país no permite efectuar. Todo se mueve. Nada se para. Y así llegamos al centro de Manhatan, el hotel Strand, en la calle 37 entre la 5 ª y la 6 ª Avenidas. Que rápido se aprende el sistema de calles, avenidas y números. Piensas que es una gran ciudad en la que casi es imposible perderse. A pesar de su inmensidad. El primer contacto con los rascacielos es impresionante. Los ojos de arriba abajo, de derecha a izquierda, no se detienen. El cerebro es incapaz de asumir tanta infirmación de golpe. Empezamos a intuir que la ciudad no nos decepcionará.

Nos acomodamos en el hotel, y sin tiempo, vamos al descubrimiento de la ciudad, y empezamos por uno de los grandes: el Rockefeller Centre. Uff! Cuesta encontrar la palabra. El acceso desde la quinta que te descubre, la música que te bien desde una pista de hielo que sabes que es porque lo has visto en infinidad de reportajes y películas, la gente patinando, un árbol que búsquedas (pero ya no es Navidad) y adivinos donde lo ponen, una subida con ascensor, a una velocidad que pensábamos sólo cogían los vehículos, y al final unas vistas desde lo alto de la ciudad que no tienen precio. Te podrías quedar horas y horas. Era de noche, la luna llena, enorme, de fondo el ruido de la ciudad, pero la impresión era de paz. Nos sentíamos parte de ese mundo.

Viernes noche. Gente (people), luces, gritos, limusinas, espectáculos, Brodway, Times Square. Por mucho pesquero te lo cuenten, tienes que ser. La sensación: Estás en el ombligo del mundo.

Al día siguiente, 19 de marzo, San José, iniciamos una ruta de cierta lógica. La que hacían los inmigrantes cuando llegaban al nuevo mundo. Así nos encontramos con la primera visión de la estatua de la Libertad que nos saluda, continuamos por Ellis Islkand, rememorando las aventuras y desventuras de aquellos que hace no tanto tiempo buscaban una vida mejor, o huían de una situación peor. Y descubrimos que a veces, la gente pierde memoria, y quien fue emigrante se olvida y maltrata a quien intenta hacer lo mismo que sus antepasados​​. Que corta la memoria!.

Sábado y domingo los destinamos a descubrir la ciudad. Los barrios (Soho, Chinatown, Harlem, la pequeña Italia, Wall Street, ...), la zona "0", El Empire State, el jazz y el blues cenando, Central Park, Imagine, Times Square, el metro , ... Todo es grande. Todo es impresionante. Tanto que incluso alguien se pierde. Constatamos la capacidad de movilización de los servicios de seguridad del Empire State que nos permitieron, con paciencia y eficiencia, encontrar quien se había perdido. Siempre tiene que haber anécdotas que contar.

Lo que no nos podíamos imaginar es el espectáculo nocturno de una ciudad desde el río o del mar. La cena en vajilla navegando por Hudson, bordeando Manhatan, disfrutando del famoso "Sky line" de la ciudad a ambos lados, con una cena abundante en gustos, en vino y en cava, felicitando al San José, disfrutando, bailando. Una experiencia del todo aconsejable.

Y el comercio? Dicen que New York es la mejor tienda del mundo. Podemos decir que por marcas americanas si: y entramos en un nuevo mundo: Macys, Abercromby, Quicksilver, DKNY, I love NY, tiffany, estómagos lisos, figuras esbeltas, más luz, más música, más cosas a vender y a comprar.

Lunes 21 lo dedicamos a la historia (corta pero intensa) de los EE.UU: Washington y Philadelphia. La capital de los USA, indefinida, entre norte y sur, tono blanco en medio de prados verdes, agua y monumentos bélicos que demuestran una historia tormentosa. Puede ser esta gente no sabe vivir en paz?. Una gran línea, flanqueada por el Capitolio (cámara de representantes y senado, representación del territorio-es la unión de muchos estados independientes-) y el monumento a Lincoln (padre de la patria según dicen, monumento diseñado como un templo y un gran dios al medio), y el centro de la línea recta, el gran obelisco dedicado a washington. Por medio, las dos grandes guerras, Corea y Vietnam. En un lado, la Casa Blanca, sede de su Presidente. Después de tanto monumento y de tanto poder, se hizo muy agradable el paseo por Georgetown y la comida a la orilla del Potomac.

De vuelta, un viaje más largo y pesado de lo esperado, paramos a descansar al origen de la revolución, en Philadelphia, en un restaurante ambientado de la época (parecíamos una rama del ejército de liberación nacional, servido por doncellas y jóvenes caballeros del S. XIX). Lástima que la intransigencia yanqui no nos permitió admirar la campana que anunció el inicio de una revolución.

El 22 continuamos con un descubrimiento de la ciudad, adentrándonos también por Brooklin.
   
Miércoles 23 fue el día libre. Día de cultura y de compras. Todo, actividades imprescindibles. Admirar la pintura contemporánea en el Museo de Arte Moderno es un Lujo (Picasso, Miró, Monet, Cézanne, Van Gogh, ...), o el Metropolitan Museum (arte propio, arte comprado, arte expoliado, ... para perder-se unos cuantos días). Y como no, efectuar las últimas compras y las últimas paseos por la Quinta y la Séptima. Un placer que hay que vivir.

Agotados, el día 23 tomamos el vuelo de regreso. La ciudad no nos quería dejar marchar y nos despidió con una nevada que retrasó 3 horas el vuelo.

En el avión todos nos conjuràvem para volver pronto. Hoy, todavía no nos hemos repuesto. Volveremos.

Amics de la Conca, abril 2011