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Etiopía…,”Egziabier Yesteleñ”

Podría ser un día como otro cualquiera, pero en Etiopía no hay nada como otro cualquiera…, por ejemplo su idioma el amariña o amharic…, su alfabeto, que tiene 231 letras…, los meses del año que son 13…, las horas del día que empiezan a las 6 de la mañana siendo a las 7 la 1…, y el año, que tampoco es en el que vivimos…, y además son descendientes del sabio Rey Salomón y de la Reina de Saba.

Es en este día, que después de haber cruzado el Lago Tana con forma de corazón, un cálido corazón etíope, y haber visto pescar desde las “tankwas”, barcas fabricadas con bambú y cuerdas, efímeras pero consistentes, y haber visitado varias iglesias con sus esplendidas pinturas, nos dirigimos hacia la aldea cooperativa de Awra Amba.

En esta aldea, el pequeño parvulario con niños de ojos grandes y caritas dulces, como los ángeles de las iglesias que hemos ido visitando, la biblioteca, la casa para los ancianos, la escuela, la fabricación de telas…, todo nos deja sorprendidos…, verdaderamente un mundo ideal…., solo que los niños no han aceptado un caramelo.

Más tarde al marcharnos, los niños de otras aldeas corren al lado del minibús a mayor velocidad que nosotros, emulando al mítico corredor de maratón Abebe Bikila que dió la primera medalla de oro en unos Juegos Olímpicos a Etiopía en el año 60.

Al salir del camino hacia la carretera llevábamos una gran piedra pegada a la rueda que fue necesario retirar  

en plena ruta, ante el asombro de jóvenes pastores de vacas y ovejas con sus rebaños…, de   mujeres y hombres con bultos en la cabeza, que iban y venían de los mercados con sus ropas monocolores, algo oscuras para este África colorista…, y de niñas transportando el agua para sus casas en los famosos bidones amarillos atados a modo de mochila a sus delgados cuerpos.

Y es entonces, cuando un conductor etíope de nombre Mekonnen, que significa noble, un irlandés de nombre Patrick, como debe ser en un irlandés, y un falasha que significa “sin tierra”, un judío etíope de nombre Salomón que detuvo su camión para ayudar, unieron esfuerzos para sacar la piedra y poder seguir camino.

Y por supuesto lo consiguieron, ya sabemos los resultados cuando los hombres somos capaces de trabajar juntos por un objetivo común.

Y ya de nuevo en la ruta, algún babuino, y unos sándwiches en un hotel de carretera, los había dobles, y también sencillos, que eran igual que los dobles…., y aquí no faltaron plátanos ni café.

Por el camino muchos saludos que acompañan muchas y generosas sonrisas, sobre todo cuando el saludo es correspondido por nosotros.

Y una puesta de sol esplendida, y un crepúsculo en el que las acacias parecían puntillas en la cima de las montañas.

Y ya oscurecido llegamos a Lalibela, la antigua Roha, la Jerusalen de los etíopes. Mañana descubriremos sus iglesias excavadas en la roca, y la emoción del Timkat, el ruido de sus tambores, los cantos de la muchedumbre, los bailes de los sacerdotes portadores del tabot protegidos por parasoles multicolores... Y esperaremos desde primera hora que el obispo bendiga el agua con la cruz procesional, y que algún joven muchacho nos salpique con ella rememorando así el día de nuestro bautismo.

Tal vez después nos inviten a “bunna”, café, en alguna casa particular, y podamos asistir a la solemne ceremonia que se inicia con el tueste, y finaliza al servirlo desde “la yëbënna” en tazas de porcelana diciendo “Egziabier Yesteleñ”, que Dios te bendiga.

Hasta mañana queridos amigos…., nos vemos en Saint George.!

Escrito por Sara Caneda