Qué verdad es esa que dice que viajar es la mejor manera de conocer el mundo. Desde hacía tiempo mi esposa y yo albergábamos la ilusión de conocer Holanda. Siempre nos llamó la atención eso de que sea un país cuya cuarta parte de su territorio haya sido ganada literalmente al mar en el transcurso de los siglos. Teníamos curiosidad por contemplar sus famosos diques de contención y sus hermosos pueblos, que siempre aparecen en las fotos como sacados de un libro de cuentos; así como pasear por esa Venecia del norte que es Amsterdam, con sus cientos de canales.
Nuestro deseo se hizo realidad el pasado mes de octubre, gracias a la Parroquia Virgen de Nazaret, de Barcelona. Nuestro grupo no era muy numeroso: 18 personas. Sin embargo, este factor jugó a nuestro favor pues rápidamente nos conocimos todos y se creó una atmósfera amigable muy agradable que hacía que, al llegar al hotel tras las jornadas de excursión, continuáramos por nuestra cuenta nuestras exploraciones de Amsterdam paseando juntos o tomándonos unas copas en alguno de los muchos locales agradables que existen en la capital de los Países Bajos, dando así ocasión al comentario ocurrente de la jornada vivida entre risas y chascarrillos entre sorbo y sorbo de un buen café o de una excelente cerveza holandesa.
La planificación del viaje fue perfecta. Ruth Travel realizó un buen trabajo, máxime si tenemos en cuenta que hasta su propia directora, Mónica Padrol, vino con nosotros para que todo saliera a la perfección. Nuestra guía, Ester (gallega afincada en Holanda desde niña), fue una maravilla. Aparte de su amabilidad exquisita, sus explicaciones fueron abundantes, pero para nada tediosas. Siempre decía las cosas de manera que nuestra atención quedara atrapada al instante: conocía infinidad de anécdotas históricas, curiosidades de la vida cotidiana (eso que un turista quiere saber de un lugar y que no suele aparecer en los libros), costumbres locales,... De esta manera se nos quedó grabado en nuestra memoria que Amsterdam se sostiene sobre 11 millones de pilares de madera subacuáticos, muchos de ellos centenarios, que si no quedan nunca expuestos al aire (de ahí que el nivel de agua en los canales esté controlado minuciosamente por un complejo sistema hidrológico) ofrecen una resistencia al deterioro mucho mayor que cualquier pilar de hormigón; que en Holanda apenas existen edificios de piedra, todo es ladrillo, pues no hay montañas (la más alta del país es una colina de unos 300m de altura); que hay 18 millones de bicicletas para una población de 16 millones de personas (ciertamente que, con tanto ejercicio, apenas se veía gente obesa);... y muchas cosas más.
En cuanto a lo que vimos (Volendam, Marken, Utrecht, Zaanse Schaans y, por supuesto, Amsterdam): todo fue precioso y muy peculiar, pues la realidad de Holanda como país que ha luchado toda su historia por sobrevivir ganando terreno al mar, se hace patente en casi todos los aspectos de la vida: sus paisajes tan planos que la vista alcanza a otear un horizonte muy lejano; sus abundantes lagos y canales, sus terrenos verdes, sus rollizas vacas y ovejas, sus casitas “de Hansel y Gretel” adornadas con multicolores jardines, sus molinos tan bien conservados, los vestidos tradicionales, su gastronomía, sus monumentos, sus iglesias católicas, calvinistas o luteranas que hablan de una historia no precisamente caracterizada por su tranquilidad, sus museos (espectacular el Rijksmuseum, con sus Rembrandt y su maravillosa pintura burguesa y paisajista del s. XVII y, cómo no, el Museo Van Goght)....
Mención aparte merece también el apartado “gastronómico”, fundamental para el éxito de un viaje, sobre todo entre los turistas españoles, que estamos acostumbrados a comer bien. Los restaurantes elegidos fueron todo un acierto, tanto por su estética (muy acogedores y llenos de historia; algunos parecían pequeños museos) como por la calidad de sus platos. Agradecimiento especial a Mónica merece la comida de despedida en el célebre molino Jonge Dikkert. Un restaurante con mucha clase.
Y nada más porque de tanto como vimos y vivimos en esos días maravillosos se podría decir mucho, pero no es cuestión de cansarles. Les remito a las espléndidas fotos que sacó el P. Fermín para que se hagan una idea más precisa de lo hermosos que son los Países Bajos. Sólo tienen que hacer clik en la dirección de internet indicada.
Reiteramos nuestro agradecimiento a Mónica Padrol y Ruth Travel. Una empresa de expertos profesionales con los que terminas entablando verdadera amistad porque viven su oficio con vocación y les gusta lo que hacen. Gracias a nuestros compañeros de viaje por su cordialidad, ello nos ha permitido llegar a ser no sólo conocidos, sino amigos. Y gracias también al P. Fermín por habernos ofrecido la posibilidad de haber viajado con su parroquia, de la cual formamos ya parte aunque geográficamente vivamos fuera de Barcelona. Su pastoral viajera nos ha ayudado a comprender mejor lo que es vivir la fe en comunidad y a tener una experiencia de Dios más definida y evangélica.
... Y continuaremos viajando.... Este verano destino: ¡Polonia!, con nuestra parroquia Virgen de Nazaret. Estáis invitados. Hasta la vista.
Carlos Ramírez
Para poder ver lasfotografías del viaje, hacer clik en los siguientes links:
http://picasaweb.google.es/retalesvi/ViajeAHolanda1#